Elega a El Tocuyo
(Poema para el descanso de la ciudad rendida)
Abrazo tu cintura de milenaria piedra
ceida a la musgada cintura de mi llanto.
Vengo por el inmvil color de tus arterias
a tocar las oscuras heridas de tus campos.
Toco tus altos hombros cados, tus murados
escudos sometidos por recnditos fuegos.
El aire de tus sienes morado por la muerte.
Tu sol de antigua rosa desflorando en el cielo.
Corro por el callado temblor de tus latidos
removiendo la yerta corteza de tus polvos.
Por tus cauces desiertos, por tus nervios trizados,
camino con el canto salvado en los escombros.
Descubro los cerrados silencios de tus puertas,
llamando en la espesura el rostro de altos muertos.
Dnde qued la inerte sonrisa de la rosa?
Dnde la flor de un nio incorpora su aliento?
Quin desata tu clara mansedumbre terrestre
y en hondas cicatrices dej tu crneo abierto?
Dentro tus vegetales y floridas materias
demoran sus races bajo enterrados huesos.
Dnde el color trizado de tus clidos pastos,
y tus mansos caballos desbocados en llanto?
Fustigados por hondos ijares de la tierra
dejaron sus pisadas en trmulos espacios.
Cuntos siglos cayeron, de pronto, como un peso!
Qu silencio, ciudad, madre ma, rendida!
La ira de la tierra te roz como un beso.
Ahora liman tu cuerpo mis lgrimas, furtivas.
Tocuyo centenario, yo riego tus cenizas
y fresca, en este canto, ciudad te reconstruyo.
Levanto tus columnas, tus campos, tus arterias.
Nace en el mismo cielo la flor con que te alumbro.
Canto tu misma tierra vencida, resurrecta,
surgiendo del antiguo temblor de tus entraas.
Qu alivio crece el rbol que fija tus races!
Yo trepo por la eterna corteza de tu savia.
Oid, ciudad, el canto que pulsa tu silencio:
en l alzo tu rostro de piedra milenaria!
por: Lucila Velazquez, Venezuela.
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