RECETA

A ti cielio.


RECETA


Bien pues, me apetece hablar de mermeladas. Os voy a dar,
lectores, una receta de mi mermelada de melocotn casera,
por si algn da os apetece probarla . Una mermelada es una
coccin lenta de un determinado peso de fruta mezclado
con igual peso de azcar. Esto es la base de su tcnica culinaria,
pero el secreto su xito est en una correcta preparacin,
lenta, entretenida y poniendo en ello los cinco sentidos.
Situmonos en un claro, fresco y radiante amanecer de un
mes de agosto. Una (yo) se despierta, con el alegre cantar
de los pajaritos y la brisa matutina que entra por el balcn
de la habitacin, cerrado tan slo por las contraventanas
de librito. Mi cuerpo se despereza y siente un placentero
estado lbrico. A mi lado duerme l, en el lado derecho de
la cama, contemplo su espalda grande, broceada y moteada
de las pequitas que sus antepasados escoceses le han legado.
Siento un deseo casi irrefrenable de despertarle pero
no lo hago, me conformo con recorrer con mi lengua hmeda
su hermosa espalda, hasta llegar a su nuca. Un pequeo mordisco
en el lbulo de la oreja desencadena un suave gruido de
placer, pero l sigue durmiendo. Me levanto, una ligera
sensacin de excitacin sigue ah, incrementada por el
reciente contacto de mi lengua con la clida piel del hombre.
Sintiendo el agradable contacto de mis pies desnudos con
las baldosas antiguas de barro cocido, salgo a la galera.
En el huerto que se extiende a lo largo del ro, los melocotoneros
estn preados de fruta. Grandes melocotones de huerta,
amarillos con un ligero rubor como mejillas de nio sano.
Me apetece cocinar algo dulce, transformar. Por ejemplo,
aquellos maravillosos melocotones en una delicia para
el paladar mas exquisita todava. Decido que voy a hacer
mermelada.
Bajo al huerto con los pies descalzos todava, el contacto
con la piedra de la escalera y del patio, con la hierba, hmeda
de roco, del jardn, con la tierra del huerto recientemente
labrada, me produce un continuo de placenteras sensaciones
ergenas en los pies. Recojo los melocotones uno a uno,
escogindolos, los mas hermosos, los mas perfumados,
en su grado de madurez justa. Es una delicia acariciar mi
mejilla con la suave textura aterciopelada de la fruta,
oler su aroma dulzona y perfumada; me apetece morder uno
de ellos, hincar mis dientes en su suave y al mismo tiempo
consistente carne embebida de jugo, lo hago. El zumo empieza
a resbalar por las comisuras de mis labios, por mi cuello
desnudo hasta el escote de mi camiseta de tirantes para
desaparecer luego buscando mis pechos desnudos debajo
de la fina tela. A cada mordisco el placer se intensifica,
por la sensacin en mi boca de la carne que devoro con placer,
por el delgado reguero de jugo que, resbalando por mi cuerpo,
acaricia uno de mis pezones.
Cuando entro en la gran cocina de la casa cargada con el cesto
lleno de fruta una sensacin de bienestar y excitacin
me invade, la noto fresca, limpia, ordenada. La casa est
en silencio... el estar durmiendo todava. Pienso en
ello breves momentos y luego busco el puchero de cobre en
lo alto de la inmensa alacena. Debo subirme a una silla y
alargar el brazo, est muy a lo alto. Al hacer el gesto, noto
que mi camiseta pone al aire una de mis nalgas, que mis braguitas
no cubren; pienso que mis nalgas son parecidas a los melocotones
-los melocotones parecen culitos en miniatura algunas
veces no les parece?-, sonro por la idea y alcanzo el puchero.

Lavo los dos quilos de melocotones que aproximadamente
he recogido y empiezo a cortarlos en pedacitos, dejndoles
su suave piel. Ha empezado ya a entrar el sol de la maana
por la gran ventana de la cocina; un alegre rayo solar, como
un Midas mgico que hubiere venido a observar mis trajines
matutinos, convierte todos los objetos en elementos de
puro oro: mis manos llenas de zumo, los melocotones dorados,
el brillante puchero de cobre donde duerme la fruta despedazada,
mi piel bronceada de verano.
Es entonces cuando me apercibo de que no estoy ya sola, alguien
me ha estado observando en silencio y ahora siento su aliento
en mi nuca y unas manos, que silenciosamente han depositado
mis pequeos pechos en sus grandes palmas. Ese alguien
me atrae hacia s y mi espalda descubre el sexo del hombre
que me besa ahora en el cuello. Este contacto con sus labios
me produce un ligero temblor en las piernas y una suave palpitacin
en mi sexo. Alargo mi mano hmeda por el nctar de la fruta
para hundirla en el saco de azcar que tengo a mi alcance;
luego, alcanzo mi sexo y lo acaricio levemente. Busco la
boca del hombre y le doy a probar mis dedos que lame agradecido
y goloso, pero en seguida aparto mi mano de su boca para probar
yo misma la dulce mixtura de azcar, melocotn, saliva
de hombre y deseo de mujer.
Arropada por mi improvisado y silencioso ayudante, contino
con mi mermelada. Mezclo el azcar con la fruta troceada
en el puchero, aado a la mixtura unos perfumados brotes
de hojas tiernas del melocotonero junto con una pocas y
livianas virutas de piel de limn y enciendo el fuego de
la cocina. empiezo a dar vueltas a la mezcla con una cuchara
de madera; l, ahora, cubre mi mano derecha con la suya y
me ayuda en la labor mientras la otra mano acaricia sabiamente
mi cuerpo, que parece conocer a la perfeccin. Su boca candente
recorre mi nuca, mis hombros y mi espalda centmetro a centmetro.
Su sexo se clava en mis riones, potente, como concentrando
sus fuerzas, igual que una bestia salvaje, agazapada,
justo antes del ataque certero a su presa. El tiempo se detiene
en un torbellino de sensaciones: placeres epidrmicos
estremecidos, aromas sutiles y voltiles, movimientos
acompasados de los cuerpos con el acto de la alquimia. Slo
se dejan sentir los murmullos de la mezcla en su hervor y
los leves jadeos del deseo. La mistura va lentamente transformndose,
adquiere una consistencia aterciopelada, espesa, brillante
y dorada.
Cuando la mermelada esta casi en su punto pequeas burbujas
empiezan a surgir del fondo del puchero y explotan al llegar
a la superficie; una de ella, mas grande que las dems, estalla
con fuerza. Una gota del dulce salta fuera del recipiente
y cae en una pequea superficie del dorso de mi mano izquierda,
entre los dedos ndice y pulgar. La punzada es insoportable
y se me escapa un grito de dolor. La gota est abrasando mi
mano. Mi instinto reacciona de inmediato y inicia un gesto
para llevar la mano herida a mi boca pero el hombre se adelanta
y atena mi sufrimiento con su lengua grande y jugosa. Noto
el alivio, me doy la vuelta y levanto hacia l mis ojos agradecidos,
llenos de lgrimas. Sus bellos ojos, azul gris, cielo de
invierno, me miran entornados, conozco esta mirada de
mi hombre. Te voy a follar, me dice mientras cierra el
gas de la cocina, vamos a dejar que esto se enfre un poco;
luego te ayudo a meter la mermelada en los tarros.


Para hacer una mermelada de melocotn se necesitan:
2 Quilos de melocotones de verano, recin recogidos de
la huerta.
1.5 Quilos de azcar blanco.
Unos brotes tiernos de melocotonero.
Unas virutas de piel de limn.
Cocer media hora a fuego lento sin dejar de remover.
Dejar enfriar un poco y rellenar casi hasta el borde tarros
de cristal de cierre hermtico.
Cocer los tarros al baomara media hora.
En unos das podris, utilizar la mermelada para placeres
diversos, a vuestro gusto.

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